viernes, 1 de marzo de 2013

Mi abuela.


Siento mucho orgullo de ser mujer. Me lo inculcó mi abuela.

De niña admiraba la imaginación de mi abuela materna, Celia, de la que heredé el nombre, los ojos verdes  y la poco valorada cualidad de decir las cosas de frente. Mi abuela lavaba y planchaba para “afuera” (o sea para otras familias). Se ganaba el pan de esa forma.

Siempre tenía tiempo de jugar conmigo. Sacaba sus pocas prendas “de domingo” y dos pares de zapatos de tacos, muy gastados, y nos disfrazábamos las dos. Tomábamos el té en un jueguito en miniatura que no sé quién le había regalado, y conversábamos de la vida. De esas charlas recuerdo poder preguntarle cualquier cosa, que ella me la contestaba.

A la hora de la siesta, nos acostábamos, (ella era viuda, y yo pasaba gran parte del día en su casa) y todos los días le pedía que me contara un cuento. Todos los días, ella inventaba uno. Nunca me leyó (casi no sabía leer) a Caperucita ni a La bella durmiente, gracias a Dios. Su imaginación era mucho mejor que eso. En esos cuentos siempre había brujas osadas y divertidas, animales que hablaban con los humanos y muchos efectos especiales… por algo yo creo en lo que creo y amo la ciencia ficción.

Si alguna noche me quedaba a dormir en su casa, el desayuno era fantástico…si hoy cierro los ojos, el olor de las “cara sucias” y su café con leche llegan a mí intactos.

Tenía pocas amigas, muy elegidas. Chelita, que era ama de casa y vecina, casada con un funcionario, y que oficiaba de facebook del barrio. Y Victoria, una juez de paz, soltera, que nunca supe cómo se habían hecho amigas, pero que en cada viaje anual que hacía al exterior, le traía a mi abuela unas maravillas invaluables, de las que recuerdo y aún conservo, un prendedor español, que mi abuela no se puso nunca, pero atesoraba con mucho cariño. Las dos llegaban a lo de mi abuela sin avisar, y conversaban amenamente, permitiéndome siempre participar como una más.

La situación de mis abuelos, y luego de mi abuela viuda era precaria, si no trabajaba, no comía. Hasta que mi madre se recibió y pudo empezar a ayudarla, vivía con lo justo y menos; pero estoy segura que nunca se hubiera anotado en un plan de ayuda del Estado. Su orgullo era que mi madre había podido estudiar, magisterio, en Montevideo, porque en esa época no había para estudiar en el interior. Mis abuelos, ella lavandera y él albañil, le habían pagado la carrera. Y mi abuela, le había remendado prolijamente los codos de la túnica y se la había almidonado, para que mi madre recibiera su título en el Teatro Solís.

Me había enseñado a tirar piedras con una honda, que ella misma me había hecho, pero sólo me permitía tirar a las latas vacías, nunca a un pajarito. Me dejaba treparme a un paraíso altísimo que había en su patio, y nunca escuché un “cuidado, te podés caer”.

Criaba gallinas, y yo la ayudaba a recoger los huevos, alimentarlas y barrer la caca, y como premio podía sentarme y tener en la falda a Blanquita, la ponedora preferida de mi abuela, por un buen rato.

Nunca le escuché una queja por su economía. Siempre la escuché abundante si tenía para pasar ese día.
Fue una de las mujeres importantes en mi vida. Hoy es mi ángel guardián.

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