Siento mucho orgullo de ser mujer. Me lo inculcó mi abuela.
De niña admiraba la imaginación de mi abuela materna, Celia,
de la que heredé el nombre, los ojos verdes y la poco valorada cualidad de decir las cosas
de frente. Mi abuela lavaba y planchaba para “afuera” (o sea para otras
familias). Se ganaba el pan de esa forma.
Siempre tenía tiempo de jugar conmigo. Sacaba sus pocas
prendas “de domingo” y dos pares de zapatos de tacos, muy gastados, y nos
disfrazábamos las dos. Tomábamos el té en un jueguito en miniatura que no sé
quién le había regalado, y conversábamos de la vida. De esas charlas recuerdo
poder preguntarle cualquier cosa, que ella me la contestaba.
A la hora de la siesta, nos acostábamos, (ella era viuda, y
yo pasaba gran parte del día en su casa) y todos los días le pedía que me
contara un cuento. Todos los días, ella inventaba uno. Nunca me leyó (casi no
sabía leer) a Caperucita ni a La bella durmiente, gracias a Dios. Su
imaginación era mucho mejor que eso. En esos cuentos siempre había brujas
osadas y divertidas, animales que hablaban con los humanos y muchos efectos
especiales… por algo yo creo en lo que creo y amo la ciencia ficción.
Si alguna noche me quedaba a dormir en su casa, el desayuno
era fantástico…si hoy cierro los ojos, el olor de las “cara sucias” y su café
con leche llegan a mí intactos.
Tenía pocas amigas, muy elegidas. Chelita, que era ama de
casa y vecina, casada con un funcionario, y que oficiaba de facebook del
barrio. Y Victoria, una juez de paz, soltera, que nunca supe cómo se habían
hecho amigas, pero que en cada viaje anual que hacía al exterior, le traía a mi
abuela unas maravillas invaluables, de las que recuerdo y aún conservo, un
prendedor español, que mi abuela no se puso nunca, pero atesoraba con mucho
cariño. Las dos llegaban a lo de mi abuela sin avisar, y conversaban
amenamente, permitiéndome siempre participar como una más.
La situación de mis abuelos, y luego de mi abuela viuda era
precaria, si no trabajaba, no comía. Hasta que mi madre se recibió y pudo
empezar a ayudarla, vivía con lo justo y menos; pero estoy segura que nunca se
hubiera anotado en un plan de ayuda del Estado. Su orgullo era que mi madre
había podido estudiar, magisterio, en Montevideo, porque en esa época no había
para estudiar en el interior. Mis abuelos, ella lavandera y él albañil, le
habían pagado la carrera. Y mi abuela, le había remendado prolijamente los
codos de la túnica y se la había almidonado, para que mi madre recibiera su
título en el Teatro Solís.
Me había enseñado a tirar piedras con una honda, que ella
misma me había hecho, pero sólo me permitía tirar a las latas vacías, nunca a
un pajarito. Me dejaba treparme a un paraíso altísimo que había en su patio, y
nunca escuché un “cuidado, te podés caer”.
Criaba gallinas, y yo la ayudaba a recoger los huevos,
alimentarlas y barrer la caca, y como premio podía sentarme y tener en la falda
a Blanquita, la ponedora preferida de mi abuela, por un buen rato.
Nunca le escuché una queja por su economía. Siempre la
escuché abundante si tenía para pasar ese día.
Fue una de las mujeres importantes en mi vida. Hoy es mi
ángel guardián.
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