A los 12 años, hacía 4 que me había calzado las zapatillas
de ballet y dos que bailaba en “puntas”, descubriendo lo que sería mi primera y
gran pasión: la danza.
Mi profesora era María Luisa, una señora mayor, estricta en
los ensayos y en la barra, que te decía sin piedad lo que le mostraba tu cuerpo
de estudiante: “si no lográs más flexibilidad , no sirve”, “sos sorda? Hay que
ir al ritmo” y cosas parecidas. No lo decía en mal tono, lo decía hasta
distante e impersonal, lo que no lo hacía menos duro…
Algunas amigas, al poco tiempo habían decidido dejar, si lo
hacían como hobby o distracción, María Luisa le había sacado lo que tenía de
divertido!!!
Yo, después de 4 años, estaba aprendiendo a conocerla. Toda
esa frialdad, ese rostro serio y delgado, ese cuerpo erguido y musculoso,
temblaba de emoción cuando bailaba. Las puntas de las manos se suavizaban, el
arco del pie acariciaba el suelo, la columna se emocionaba cuando se
transformaba en cisne…
Esa era la verdadera María Luisa, y me la estaba
presentando poco a poco.
A fin de año, preparábamos un espectáculo para que el pueblo
viera de qué se trataba esto del ballet. Ella nos asignaba una ó dos danzas a
cada una y un baile en conjunto para cerrar.
Ese año, sugirió que sería el último, que mandaría a alguien
más joven y que por eso quería hacer algo especial. La noticia me conmovió,
había aprendido a quererla mucho, pero sabía que nada que le dijera la haría
cambiar de opinión. Entonces, aproveché los meses que quedaban para demostrarle
mi cariño, a su manera. Empezó a hacernos pruebas para decidir qué bailaríamos
y yo empecé a mostrarle todo lo que me había enseñado.
Decidió que yo bailaría uno en puntas y otro más, pero me
dijo que aún tenía que pensarlo. Así que empecé a trabajar mis puntas como
nunca, ella exigiéndome al máximo, al
punto de sangrar mis dedos por el esfuerzo. Yo no decía nada y seguía, pero
ella sabía: te lastimaste? preguntó una sola vez. No es nada, le dije, dejando
que las ampollas dieran paso a unos dedos fuertes y seguros. Y seguía, y
seguía.
Cuando ya tenía avanzada mi Coppelia, un día al final de la
clase me dijo que me quedara. Tengo tu otro baile, adelantó. Escuchá la música…
Qué pensás?
Es muy triste y tremendamente
doloroso, le dije, pero tiene una fuerza impresionante.
Se sonrió. Es la Danza Macabra, y me contó la historia. Yo
iba a ser un muerto. Ni un cisne, ni una princesa; un muerto, que volvía de
entre los difuntos y volvía a morir.
Vas a bailar descalza y el traje lo arreglo yo, siguió explicándome.
Los meses siguientes, adelgacé, tenía que estar liviana,
eran saltos amplios y un constante caer y levantarse, rodar y golpear… mis
dedos apenas estaban curándose de las ampollas, cuando mis rodillas estaban
moradas de los golpes.
Hasta mi padre, ajeno a todos estos menesteres, un día
preguntó: es necesario? Claro que sí, es necesario y hay que hacerlo.
Pasaban las semanas y mi Danza Macabra crecía, me cambiaba,
me removía, me transformaba, a mis jóvenes 12 años, me daba algo que nada ni
nadie me había dado hasta ese momento.
La semana antes del espectáculo, otra vez al final de la
clase, María Luisa, me dió mi traje: unas tiras de gasa marrón y gris,
agarradas desde el hombro…feo… y qué pensabas? Que ibas a ir de tutú?
El día del evento, llegó como siempre y arrancó el
espectáculo. Pero antes de que saliera al escenario, me dijo: ese traje…fue el
último que usé, este baile, fue el último que bailé… y me miró con un amor
inmenso.
Supe en ese momento lo que es dejar la vida en algo, porque
yo la dejé en ese escenario. No me enteré de nada en esos minutos… sólo sentía
la música y mi cuerpo y mi alma tras ella. Volvía de entre los muertos.
Un aplauso cerrado, y los vecinos de mi pueblo de pie, me
trajeron de vuelta a la realidad.
María Luisa me enseñaba una vez más; eso que yo sentía se
llamaba pasión.
Mi maestra se retiró de la danza al año siguiente. Cuando me
mudé a Montevideo, a los 17 años, la encontré en la Facultad de Derecho: se
había puesto a los 60 y pico a estudiar abogacía, esa era su otra pasión y
seguía tras ella.
Nuestra flor: Walnut para los cambios, es la flor de los
nuevos comienzos.

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