Sin embargo, lo que me llamó la atención, fue su espíritu, sus ganas de trabajar para crecer y ser mejor persona, su amor por la vida.
María ama vivir; es curiosa, comprometida, solidaria, generosa. Tiene una pena muy grande, profunda, que se ancló en su historia y no quiere soltarla, no le permite ser libre.
Pero María es una luchadora nata y trabaja en cada consulta a fondo, se exige y me exige avanzar.
Ha entendido que las Flores son una herramienta impresionante para ayudarnos en el autoconocimiento y también, que la terapeuta no "cura",sino que ayuda a ir encontrando sus propias respuestas, ésas que son difíciles de decir en voz alta...
- A ver, por qué me siento así? Dejáme pensar, me duele la cabeza de tanto pensar...pero voy a estar mejor.
Son las cosas que le escucho decir a menudo. Piensa, se le llenan los ojos de lágrimas, recuerda, sacude la cabeza, pero entiende lo que le pasa y la pelea todos los días.
No es fácil. Hay días que la pena es grande, oscura, muerde sin piedad. Pero hay otros en que se ve la luz.
Y si se trabaja, se descubren cosas, se entienden personas, no se juzga, y entonces, se crece.
Hace unos meses, María empezó a llegar distinta. El brillo en sus ojos, el paso seguro, la pose erguida y la sonrisa, esa sonrisa contagiosa que termina en carcajada cuando le digo "yo te tendría que haber sacado una foto el primer día..."
Las penas no se han terminado, se suavizan unas y se descubren otras; pero también se descubren fortalezas con cada paso que se da.
Y se perdona, a los otros y a uno mismo. Y así se llega a ser libre.
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