Son mujeres que, pienso, cocinan como yo, se ilusionan como mi hija, rezongan como mi madre, se enamoran como mi vecina. Todas tan diferentes y tan parecidas.
Es un verdadero placer hablar con las mujeres, tenemos algo innato que nos hace argumentar el por qué ponemos un pedacito de manteca tibia en el puré de papas para que quede más suave, con la misma devoción que discutimos sobre la cuota política. Pero más que hablar con las mujeres, es un placer escucharlas. Me permiten vivir sus experiencias, sus anhelos, sus sueños; los comparten y yo, les aseguro que los deseo con el mismo ahínco que ustedes. Quiero que sean felices.
Quiero que sean sanas. Por eso me gusta escuchar a la que dejó de fumar, pero también a la que decidió dejar al marido porque nunca le dijo lo hermosa que es.
No juzgo, escucho y aprendo, son mis maestras de todos los días y les agradezco por ello. Me enseñan sobre la valentía de perder un hijo y seguir adelante; sobre mirar más allá de la piel, donde habita la verdadera belleza ( esas son mis preferidas); sobre la generosidad en silencio; sobre el adoptar un cachorro de la calle; sobre el último labial de moda.
Luchan con mandatos familiares que a veces no las dejan ser felices, por suerte muchas se rebelan. Imponen penitencias que a menudo no son justas, pero piden perdón.
Me pregunto por qué no se miman más a sí mismas ? Por qué no me consiento más ? Por qué a veces nos cuesta seguir el mandato del Alma, si esa es la diferencia para vivir en paz ? Quiero que seamos plenas.
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